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Ficcientos

Ficciones a cientos. Osadía literaria y ficcionario particular de Eduardo Allende. 

jueves, noviembre 17, 2005

Lapidario - Formas de ahorro

La única diferencia entre ahorrar esfuerzos y ahorrar dinero es que ahorrar esfuerzos permite llevar una existencia tranquila mientras que ahorrar dinero permite ahorrar esfuerzos.

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Rosario - Capítulo IX

En despertando tuve ocasión de confirmar que Rosario todavía estaba allí. Y si digo ‘en despertando’ es para dejarle claro que no fue ni antes ni después, sino en el preciso momento de abrir los ojos, en ese instante mágico que no es ni vigilia ni sueño y en el que las cosas más fantásticas pueden suceder. Antes, obviamente, habría sido difícil confirmar nada porque el sueño, ya lo han dicho voces más adelantadas que la mía, es capa que cubre todos los humanos pensamientos.

No es que me preocupara en exceso la posibilidad de no encontrarla al despertar pero, al fin y al cabo, ambos habíamos quedado al cargo de cuanto de valor habíamos llevado hasta allí y digo yo que el natural sistema de turnos o guardias exige que si uno anda, como se dice vulgarmente, en brazos de morfeo el otro no debe abandonar la vigilancia bajo ningún concepto si no quiere poner en riesgo el recto cumplimiento de las tareas de custodia que se le han encomendado. Pero, como le digo, no me preocupaba, porque la Rosario siempre ha sido muy suya. Toda esa testarudez que mostraba con la higiene también le resultaba de aplicación en cualquier otro ámbito de la vida.

Una vez, para que se haga una idea, don Germán, que tenía que ausentarse por asuntos propios, la dejó al frente de La Esquina con el encargo de atender a no sé qué nuevo distribuidor de refrescos azucarados y con ácido carbónico. La consigna era clara, el distribuidor debía dejar dos cajas a prueba y arreglar cuentas a los quince días. Quiso la fortuna que ese mismo día pararan por allí dos Testigos de Jehová persiguiendo, como es su costumbre, la fácil ganancia de prosélitos. Rosario, viéndolos tan encorbatados, los tomó por distribuidores de bebidas gaseosas y no cejó en su empeño de que le dejaran dos cajas a prueba. Tan vehemente fue su insistencia que uno de ellos tuvo que marchar al bar de enfrente en busca de dos cajas de treinta y seis botellas de aquel nuevo brebaje mientras el otro, ante la atenta mirada de Rosario, acababa nerviosamente y de uno en uno con los panchitos que le había servido para acompañar el sifón. No creo que su compañero se demorara más de quince o veinte minutos pero me da a mí que los sudores transpirados en tan breve lapso le echaron a perder el traje. Una pena, porque tengo entendido que estos Testigos sólo tienen uno que se pasan de padres a hijos aprovechando que hay cosas que nunca pasan de moda.

Jamás olvidaré la cara de aquellos dos muchachos cuando, al despedirse, Rosario les dijo que volvieran en dos semanas para arreglar cuentas. Mudaron la expresión desde el asombro hasta el espanto. Luego, asiendo firmemente sus Biblias comentadas por el profeta Joseph Smith y con forzada sonrisa, aceleraron el paso hasta perderse tras la esquina que daba y da nombre a nuestro local. Desde entonces, no sé si a causa de este episodio o por alguna otra razón, ningún representante religioso ha turbado la paz de que disfrutamos allí. Pero de lo que sí estoy seguro es de que ninguno de los dos olvidará jamás a Rosario.

Y es que como Rosario, a pesar de lo que ella misma crea, ni hay ni puede haber otra igual. Los más ilustres doctores de la filosofía y de la teología han querido coincidir en que todas las personas son únicas. Rosario, por el contrario, estaba orgullosa de no serlo. Solía decir que en su familia había habido Rosarios desde que existen los recuerdos y que incluso la rama de su familia que había marchado muchos años atrás a hacer las américas y se dedicaba exitosamente a la pesca del litoral tenía por costumbre bautizar sus embarcaciones con ese mismo nombre. Cuando aquel extraño pintor extranjero dejó su cuadro en pago de una comida recuerdo que ella le preguntó si alguno de los veleros que en ella se veían llevaba por nombre Rosario. El pobre hombre no salía de su asombro mientras abría los ojos y movía el bigote. Es posible que simplemente no hubiera entendido la pregunta. Al fin y al cabo se le formuló en un idioma que no era el suyo, cualquiera que este fuese .Además, tampoco puede decirse que Rosario se distinguiera por una dicción clara y prosódica. En todo caso, de haber entendido algo, estaba claro que era contrario a toda lógica que nadie pudiese comprender una pregunta tan carente de sentido.

Revilla y el Tranviario hicieron muchas risas con el asunto y llegaron a bautizar el cuadro como ‘El barco de Rosario’ mientras Herminio y don Germán intentaban poner algo de paz, porque la Rosario se tomaba las chanzas por el lado malo y más de una vez casi llega a las manos. Sólo don Alirio permanecía al margen de estos pleitos. Por el contrario, don Antidio, aquel día que nos visitó, se permitió señalar con inusitada autoridad cuál de todos los barcos era el que se llamaba Rosario. Tan inusitada fue que nadie se sintió capaz de contradecirle, pero no era eso lo que yo he venido a contarle así que no me siga distrayendo que a este paso no acabaré nunca.

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Recetario - Literatura y compromiso (II)

La responsabilidad social es de todos. Quizá en países analfabetos, en que al escritor se le exige algo que él no se había propuesto, toda vez que no es político, ni sociólogo, ni dirigente de masas, en esos países pienso que se está exagerando esto. El escritor es un artista, no un reformador. Los Versos sencillos de Martí son la obra de un escritor. Cuando Martí quiso actuar como político agarró un fusil, se montó en un caballo y murió bellamente en el primer combate. Siempre supo qué cosa estaba haciendo.
(Augusto Monterroso, 1977)

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Rincón Publicitario #13

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