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Ficcientos

Ficciones a cientos. Osadía literaria y ficcionario particular de Eduardo Allende. 

viernes, julio 01, 2005

Rosario - Capítulo I

Cuando desperté, Rosario todavía estaba allí. Es de suponer, y supongo, pío lector, que estará usted preguntándose quién demonios es esta misteriosa Rosario. Cabe, incluso con mayor probabilidad, que sienta también curiosidad por la identidad de quién esto firma y afirma. Por todo ello le ruego disculpe tan brusco comienzo que, se lo avanzo aquí, tiene su razón de ser. Y es que, aunque la vida no le haya bendecido a uno con la posibilidad de acceder a estudios de clase alguna, no es menos cierto que ha leído con interés y provecho cuanto ha caído en sus manos y que es sabedor de que la tradición de la gran épica clásica, avalada nada menos que por el consejo horaciano, recomienda iniciar las narraciones ‘in media res’. Y como quiera que fue más o menos en mitad de aquella ‘res’ cuando desperté comprobando que la pobre Rosario, desconsolada y nerviosa, seguía allí, así he arrancado estas letras que le junto aquí sin propósito conocido.

No vaya a creer por ello que lo que me dispongo a relatarle pueda o deba encuadrarse entre las grandes epopeyas. Más bien se trata de lo contrario habida cuenta de lo humilde de mi linaje. Pero a la vista de las complicaciones, enredos, vicisitudes y sucesos sorprendentes en que me he visto envuelto y en que me he visto obligado a desenvolverme, he creído apropiado atenerme a estas elevadas formas por juzgarlas adecuadas a mis propósitos. No en vano mi madre, que en paz descanse, solía repetírmelo. Las formas–me decía– lo primero es guardar las formas, Ulises. Y así, a fuerza de esa insistencia que sólo el amor de madre es capaz de mantener y sostener me vi conducido hacia la formalidad que, como tendrá ocasión de comprobar, me caracteriza para bien y, por qué no decirlo, para mal.

Y hablando de formas, también las formas clásicas aconsejan aprovechar cualquier ocasión para poner en antecedentes al lector y ya que, por lo que se ve, he alcanzado el tercer párrafo, ésta puede ser la primera de ellas. Lo difícil, sin embargo, es llegar a saber cuáles puedan ser esos antecedentes pues si bien es cierto que una concatenación de acontecimientos me llevaron a despertar en presencia de Rosario, no lo es menos que discernir cuáles de ellos pueden considerarse relacionados causalmente con la situación con la que he iniciado mi relato, y, por tanto, constituir lo que con toda propiedad llamamos antecedente, resulta especialmente dificultoso. ¿Acaso sabría usted situar claramente los antecedentes que le han llevado a leer esta página? No. No es fácil. Nada en la vida es fácil. A mí, desde luego, no me han sido fáciles las cosas. Para qué le voy a engañar. No pude conocer a mi padre, porque no se dejó conocer por nadie. Crecí en las calles sometido a las peores influencias y pronto aprendí a robar, a mentir y a blasfemar. Con el tiempo hasta dejé de ir a misa los domingos. Pero no tengo claro si estas desgracias mías son realmente antecedentes de mi historia por lo que de momento las apartaré, sin descartar su recuperación en caso necesario.

Así que ya ven. Largo fue el camino que me llevó a ser camarero en la cafetería ‘La Esquina’. Don Germán, que en paz descanse, tuvo la consideración de confiar en mí cuando tantos otros me habían dado la espalda. No resulta fácil encontrar forma de ganarse el sustento cuando uno ha pasado por prisión. Y don Germán, que hacía muchos años había pretendido a mi madre, sin éxito por lo que he podido saber, tuvo a bien concederme la oportunidad que los demás me negaban. En ‘La Esquina’ fue donde conocí a Rosario, no sé si la recuerdan, esa que todavía estaba allí cuando desperté. Claro que ahora veo que no le he dicho dónde es ‘allí’ y quizá esté usted imaginando cualquier cosa indecente. No se impaciente que todo llegará, incluida su decepción si lo que espera es una tórrida escena, pero es que cuando uno lleva tantos años tras la barra de un bar aprende a hablar (o a escribir) aún cuando tenga la cabeza en otra cosa. A veces no sabe bien uno si lo que sirve son cafés, conversaciones o psicoanálisis. Cafés no son, eso es seguro. Los llamamos así por convención pero sin convicción. No hay ni un solo grano de café entre sus ingredientes y lo cierto es que dificultan sobremanera el recto gobierno del intestino. Pero estará conmigo en que para una terapia psicológica, uno con treinta euros resulta un precio más que razonable.


Blogger Aquende dijo...

Antecedente: Ring Ring - Diga - Ya tengo un blog.

No sabía que estuviera ambientado en mi pueblo. Café 'La esquina', oh cuántas horas, y qué bueno el café.  


Blogger juanba dijo...

Cumpliste con las amenazas, 4 párrafos y seguimos en el mismo lugar (que no sabemos ni dónde es ni cómo se llegó ahí)

Pero estuvo interesante la primer entrega. Veremos que depara el futuro para Ulises y Rosario...

Salutes  


Anonymous jorge dijo...

Rosaurio
criptolito feminsomne

saludos  


Blogger ana dijo...

Me he partido de risa con esto:

"...pronto aprendí a robar, a mentir y a blasfemar. Con el tiempo hasta dejé de ir a misa los domingos."

Creo que es un personaje llano con el que nos vamos a reír mucho, seguramente también nos hará sufrir, pero será de este tipo de sufrimiento para el lector atenuado con un poco de humor y de ternura.

Enhorabuena, Eduardo.  


Anonymous Eduardo dijo...

A ver si con suerte consigo tranfromar un personaje 'llano' en un personaje 'lleno'.  


Blogger ana dijo...

Con suerte no, con tu talento.  


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