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Ficcientos

Ficciones a cientos. Osadía literaria y ficcionario particular de Eduardo Allende. 

sábado, julio 02, 2005

Rosario - Capítulo II

Quizá sea éste buen momento para recordarle, porque no está en mi ánimo el que pierda el hilo de mi historia, que Rosario todavía seguía allí cuando desperté. Cuándo aprenderás de tus errores –me dije. Pero lo cierto es que quien cree que de los errores se aprende cae en una ingenuidad propia de la adolescencia. Don Alirio Gutiérrez, a quien tuve ocasión de servir muchos cafés en otro tiempo, me decía a menudo que, superada la mitad del camino de la vida, el número de errores suele haber alcanzado tal volumen que sus enseñanzas ya no caben en cabeza alguna. ¿Acaso usted es capaz de recordar todas y cada una de sus equivocaciones? ¿Cómo demonios puede entonces recordar todas sus lecciones? Aprender de los errores es cosa de niños y, quizá, de los escasos afortunados que logran acumularlos en número reducido e insignificante. Pero usted y yo, querido y gentil lector, que nos contamos entre los que se conocen popularmente como hijos de vecino, estamos condenados a tropezar infinitas veces con esa misma piedra a la que Heráclito niega la posibilidad de ser la misma.

Recuerdo a don Alirio llegando cada mañana a ‘La Esquina’, siempre a la misma hora, con su bastón y su cuaderno de notas que jamás enseñó a nadie. Su entrada era casi litúrgica. Saludaba a los parroquianos desde la puerta, se acercaba a la barra y pedía un café. Esto último era más bien retórico porque siempre se lo tenía listo para cuando llegaba a decirlo. Entonces introducía en él un azucarillo sin quitarle el envoltorio y, tras remover con un vigor impropio de su edad, extraía cuidadosamente el papel sobrante dejándolo sobre el mostrador. Se dirigía después en completo silencio a la mesa del rincón y allí pasaba un buen rato escribiendo en su misterioso cuaderno. Sólo después, cuando sus secretas líneas parecían satisfacerle, regresaba a la barra para tomarse el coñac y unirse a la conversación general. En una de aquellas fue cuando me iluminó con su visión sobre el camino de la vida y la acumulación de los errores. Pero volvamos a mi despertar en presencia de Rosario, que es lo que quería contarle.

Ni que decir tiene que por aquel entonces yo ya había sobrepasado con creces esa primera mitad de la vida, me había adentrado, también con creces aunque menos, en la segunda y empezaba a temer la llegada de la tercera mitad. Además, hacía tiempo que se me había llenado la cabeza con otros pájaros que hacían tanto o más ruido que mis errores y ni el más experimentado ornitólogo es capaz de distinguir el canto del chorlito cuando son legión las aves que pían o graznan simultáneamente. No sé usted, pero yo a veces pienso que la cordura tiene que ser una enfermedad, una incapacidad del espíritu para reaccionar ante los golpes que recibe a diario. Pero será mejor apartar este laberinto filosófico de tan complicada salida para no perder el hilo de mi historia.

Del hecho de que despertara precisamente allí puede usted deducir que me encontraba exactamente allí. Esto quizá le parezca una perogrullada. Debe saber, sin embargo, que muchos han sido los doctores que se han planteado si el ‘estar’ es compatible con el sueño. ¿Dónde está uno cuando duerme si es que está en alguna parte? Que uno no está presente cuando cae en brazos de morfeo lo aprendí rápidamente en el penal, al despertar cada mañana y descubrir que habían desaparecido mis cigarrillos. A Rosario nunca le gustó que fumara tanto. Me decía que aquello acabaría conmigo, a lo que yo le contestaba que hasta entonces yo acabaría con muchos más. Y del hecho de fumar cabría deducir que estaba despierto, que había despertado. Ni el más adicto a la nicotina es capaz de fumar dormido. ¿O sí?

La cosa se complica si uno recuerda que nombres bien ilustres, con Descartes a la cabeza, se preguntaron si es posible saber si estamos despiertos. Quizá por respeto a tan escéptica escuela debí empezar mi relato diciendo algo así como: ‘Cuando creí despertar, quizá en otro sueño, creí ver, aunque pude haberlo soñado, que Rosario todavía estaba allí, con una presencia tan real como nuestras percepciones permiten’. Pero claro, habría dado al traste con la conseguida prosodia de la primera frase de esta historia, de la que me siento injustamente orgulloso. Y además, no quiero engañarle, estoy firmemente convencido de que cuando desperté, Rosario todavía estaba allí.


Blogger chin dijo...

Me temo que estas ficciones dosificadas en pequeñas y formativas píldoras, mareando la perdiz, van a agravar mi estado.  


Blogger Borgeano dijo...

El peligro de estas ficciones circulares (o espirales) es que en cualquier momento el autor puede perder el control y lo que era un prolijo ovillo se transforma es una madeja caotica.
Acabo de leer el primer capitulo y el segundo consecutivamente y el ovillo continua perfecto. Me remito al ultimo parrafo para certificarlo.
Vamos Eduardo puño firme! Que la cosa esta buena y todos queremos que siga asi.

Apropos: vos pediste sinceridad y -como escritor tambien- uno no quiere oir o escuchar siempre eso de "diviiiiiiiino" o "geniaaaaaaal" etc. a veces hace mejor efecto a la salud correctiva un buen sacudon o -por que no- hasta un buen tiron de orejas; asi que si no lo tomas a mal -estoy seguro de ello- cuando corresponda dire lo que crea que sera mejor para ti.
Un abrazo.  


Blogger juanba dijo...

Coincido con Borgeano, seguimos en el mismo lugar, todo cierra, nada aburre.

Firme el pulso.

Salutes  


Blogger ana dijo...

Me ha gustado mucho lo del azucarillo y mucho más la última frase.  


Blogger Wallenstein77 dijo...

Buenos dias a todos:

La Historia no esta avanzando nada en estos dos capitulo, pero sin embargo estas introduciendo pequeñas digresiones, seguro que producto de la influencia clasica. ¿El meter estas historias cortas, no es dar cierto juego a la narracion y avanzar de forma paralela al tronco principal? Me explico, ya que el protagonista sabemos que ha estado en la carcel y que fuma mucho y que gracias al dueño del Cafe ha tenido una segunda oportunidad. Por lo tanto el tiempo pasado en mi modesta opinion si esta avanzando ¿no?

Saludos a todos.  


Blogger Borgeano dijo...

Con respecto al comentario de Wallenstein ultimo quisiera agregar que William Faulkner en Las Palmeras Salvajes utiliza el tema de las digresiones en forma brillante.
La novela comienza con un hombre tocando a la puerta de un viejo medico. este sale de la cama y comienza a bajar las escaleras mientras el otro hombre sigue llamando insistentemente a la puerta.
El medico llega a abrir la puerta en la pagina 16, pero Faulkner ha utilizado todo ese intermedio para narrarnos sendas biografias de ambos personajes, asi; cuando el medico abre la puerta ya conocemos a los dos hombres ampliamente.  


Anonymous Javier dijo...

Enhorabuena Eduardo. Seguiré de cerca esta aventura.

Para empezar debo confesar que me gustó bastante más la primera entrega de Rosario. En esta segunda, noto cierta falta de transición... Después de los dos primeros párrafos algo ha hecho distraer mi interés en los dos siguientes

¿Tal vez alguien pueda explicarlo mejor?  


Anonymous Eduardo dijo...

Qué diverso es el mundo, Javier. Y a mí que no me gustaba la primera y sí esta segunda. Pensaré sobre ello.
De todas formas, Javier, la historia es fácil de seguir porque, como prometí, no avanza.  


Blogger ana dijo...

Javier, yo creo que lo que te ha pasado es que no te has dado cuenta de:

"porque no está en mi ánimo el que pierda el hilo de mi historia"

"En UNA DE AQUELLAS (???) fue cuando me iluminó con su visión sobre el camino de la vida y la acumulación de los errores. Pero volvamos a mi despertar en presencia de Rosario, que ES LO QUE QUERÍA CONTARLE."

"NI QUE DECIR TIENE (???)... primera mitad... segunda mitad... tercera mitad"

"hacía tiempo que se me había llenado la cabeza con otros pájaros que hacían tanto o más ruido que mis errores... Pero será mejor apartar este laberinto filosófico de tan complicada salida para no perder el hilo de mi historia."

"Del hecho de que despertara precisamente allí puede usted deducir que me encontraba exactamente allí. Esto quizá le parezca una perogrullada"

"¿O sí?"

"La cosa se complica si uno recuerda..."

"Y además, no quiero engañarle, estoy firmemente convencido de que cuando desperté, Rosario todavía estaba allí."  


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