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Ficcientos

Ficciones a cientos. Osadía literaria y ficcionario particular de Eduardo Allende. 

martes, julio 05, 2005

Rosario - Capítulo IV

Quizá sea buen momento para recapitular, porque sospecho que me he ido por alguna que otra rama y entra en lo posible, amigo lector, que se haya hecho usted un lío con los pormenores de esta intrincada historia. Don Matías, el maestro de la escuela a la que nunca asistí siempre dijo que yo era muy disperso. No sé en qué se basaba para afirmarlo porque yo sólo era el chico que servía a diario el pan para que los colegiales pudieran disfrutar de sus suculentos bocadillos a media mañana. Pero llevaba razón el hombre, siempre he tendido a la dispersión. Era don Matías, sin duda, un hombre perspicaz, cosa harto infrecuente en estos tiempos en que a primera vista ya no puede decirse nada de nadie. Dicen que las apariencias engañan, pero no había apariencia capaz de engañar a aquel avispado maestro que siempre sabía quién había pintado un burro en la pizarra o quién era el dueño del tirachinas responsable de haber destrozado los amplios ventanales del aula. De haber alcanzado puestos de la mayor responsabilidad en los organismos policiales en lugar de su humilde función docente, tengan por seguro que sólo se hablaría del crimen en los libros de historia.

Sí, definitivamente yo he sido muy disperso. Si no me cree, seguro que cambia de opinión al saber que una vez, cuando trabajaba de mozo de pista en un circo olvidé dar de comer a los elefantes durante un mes porque una trapecista me traía loco. Se les veía mustios allá en su jaula, pero siempre fueron muy comprensivos con mi mal de amores y jamás se quejaron del trato que les daba. Espero que alguien les haya hecho llegar el pienso porque una vez salí a por tabaco y claro, una cosa lleva a la otra, la otra a la de más allá y jamás regresé por allí, ni siquiera para cobrar el finiquito.

Por eso me costó acostumbrarme al oficio hostelero, por mi dispersión. Ahora no lo cambiaría por nada, pero al principio sufría mucho por mi incapacidad para retener la comanda en la memoria, para saber quién estaba atendido y quién no y demás rudimentos básicos de la profesión. Cada vez que alguien me pedía algo, una caña, un café, una ración de calamares o el combinado número cinco (que, entre usted y yo, es un verdadero asquito), yo dejaba inmediatamente lo que estuviera haciendo. Pero como siempre era interrumpido por un pedido antes de concluir el servicio de otro, la fatal consecuencia era que todos los clientes terminaban tal como habían llegado, sin haber consumido nada. Menos mal que don Germán siempre fue tan comprensivo conmigo.

De hecho, si me resisto a llamarle padre, que es lo que realmente fue para mí, sólo es por respeto a mi madre, que nunca accedió sus requerimientos y no me considero legitimado para deshonrar ahora su memoria con un término que daría a entender lo que nunca aceptó en vida. Y es que mi madre, no sé si se lo he dicho ya, vivía muy preocupada por las formas, por guardarlas, quiero decir. Y ahora, que en gloria esté, me veo en la obligación de guardar las suyas mientras quede rastro de ella en la memoria de alguien.

Pero no me deje que me ponga sentimental, que me sale el lado cursi y puedo echar a perder esta mi historia. Las historias, como supongo sabe, exigen una dosificación precisa de sus ingredientes. Un exceso de sentimentalismo acá o un defecto de intriga allá y todo se va al garete. Cada cosa en su justa medida, si se quiere evitar el desastre. Convencido como estoy de que si ha llegado hasta aquí y sigue leyendo es porque he conseguido captar su interés gracias a haber logrado mantener tan delicado equilibrio, no es cuestión de estropearlo ahora, justo cuando estamos llegando al meollo de la cuestión, ¿no cree?

Mucho me he extendido, por lo que veo, pero juzgaba necesaria una recapitulación para que tomara conciencia de lo fundamental, es decir, de que cuando desperté, Rosario todavía estaba allí. Sólo así, en el próximo capítulo podré continuar mi historia sin necesidad de detenerme en detalles innecesarios que nos alejen del desarrollo cabal de los acontecimientos. No como alguno que yo me sé, que para pedir un café se pierde en multitud de circunloquios y acaba por no decir nada. Menos mal que en ‘La Esquina’ le conocemos de hace tiempo y acabamos sirviéndole lo que nunca pide. Fue don Germán el primero que le sirvió un café al no saber lo que quería. Hemos seguido haciendo lo mismo y nunca se ha quejado, como los elefantes, en siete años, así que ya estamos casi convencidos, a la manera de Popper, de que efectivamente viene por café. Pero es que ve uno cada cosa en la hostelería. Lo que yo le diga, oiga.


Blogger ana dijo...

Me ha gustado mucho la parte que le gusta a Aquende del capítulo, pero sobre todo lo que hay entre el último y el penúltimo párrafo, que me he partido de risa.  


Anonymous Eduardo dijo...

Ya quisiera to saber qué parte le gusta a Aquende.  


Blogger ana dijo...

Pues la del circo!  


Blogger Aquende dijo...

Lo había entendido hasta yo.
Aunque me costó, lo reconozco.  


Anonymous Javier dijo...

Me gusta el ambientillo de "La Esquina", te distrae del olor a lejía. Lo de los elefantes genial.  


Blogger chin dijo...

Creo que voy a empezar a tomar notas para recordar a los personajes pues se me antoja que no vamos a saber dónde está Rosario ni quién es antes de navidades.  


Anonymous Eduardo dijo...

Ni después, Chin, ni después. Pero en todo caso es buena idea, yo ya estoy tomando notas porque (aunque estropee alguna que otra sopresa) todos volverán por aquí antes o después.
Javier, alguna vez me he pasado por 'La Esquina' y te aseguro que no le estoy haciendo justicia: el ambientillo es aún mejor.  


Blogger juanba dijo...

Coincido con Chin, si Ulíses sigue yéndose por la tangente en sus dispersiones seguro que no nos enteraremos hasta dentro de mucho tiempo quién es verdaderamente Rosario y qué es lo que está haciendo allí.

Muy buena la entrega, y sí, vendremos como siempre a por más dispersiones...

Salutes  


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