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Ficcientos

Ficciones a cientos. Osadía literaria y ficcionario particular de Eduardo Allende. 

domingo, septiembre 04, 2005

Bestiario - Thomas Wassermeier

Image hosted by Photobucket.comThomas Wassermeier
Explorador y aventurero renano, Dusseldorf, 1867 – Tapihi, 1940

A pesar de no haber razón alguna que pueda justificarlo diríase que Thomas Wassermeier ha sido víctima de una conspiración urdida para sepultar su memoria. Poco rastro queda ya de sus viajes, hazañas y descubrimientos. Las modernas enciclopedias ya casi no conservan registro alguno de quien en su día gozó de gran popularidad y cuyas correrías por los cinco mares y siete continentes fueron seguidas con asombro e inquietud por una gran multitud de lectores. Son bien pocos los iniciados que aún guardan el recuerdo de la mítica isla de Tapihi, destino cargado de incontables significaciones y evocador de tiempos que quizá no hayan de regresar jamás. Dedicaré este artículo a paliar en lo posible este olvido.

Poco se sabe de la infancia de Thomas Wassermeier. Curiosamente, sí se conoce que vio la luz en Dusseldorf un 6 de noviembre de 1867 a las 7:54 am de una habitación del ala nordeste, primer piso, del domicilio familiar, sobre una colcha verde, gracias a la extrema, casi obsesiva precisión del dietario de Agnes Wiederhausen, la comadrona que atendió el parto. No es éste el lugar para referir la gran cantidad de hombres notables que fueron traídos al mundo con la ayuda de esta fornida matrona austriaca. Los que quieran informarse pueden consultar las páginas del semanario Stern correspondientes al 12 de septiembre de 1985, donde fueron publicados amplios extractos del mismo gracias a un acuerdo con el anónimo financiero que adquirió el original en la subasta celebrada en 1963 en Sothebys.

Tobías Wassermeier, su padre, era un relojero de gran reputación en la región. Había mantenido la tradición familiar de confeccionar relojes que había iniciado su bisabuelo. Cuéntase que Inmanuel Kant poseyó un auténtico Wassermeier, lo que explicaría la cotidiana precisión de sus paseos por Könnisberg. Actualmente, de hecho, se conserva una interesante colección de relojes Wassermeier en el Feinheit Museum de Zurich.

La personalidad del pequeño Thomas se vió marcada por dos hechos fundamentales: el hecho de crecer en una casa repleta de mujeres (su madre, sus siete hermanas y su anciana tía Agatha, que llegó de visita un verano de 1873 y ya nunca abandonó el domicilio familiar hasta su muerte), y haber sufrido la severa disciplina de su padre, amante del rigor y la exactitud como todo buen relojero. Algunos malpensados han sugerido que Agnes Wiederhausen fue la amante de Tobías, enamorados ambos de la precisión, pero lo cierto es que no hay ninguna evidencia sólida que permita afirmarlo. En todo caso, muchos han querido explicar la inexactitud y falta de rigor de las localizaciones de los descubrimientos de Thomas Wassermeier como una airada reacción hacia la figura de su padre, que siempre le persiguió como un fantasma.

Fueron las constantes rencillas con su padre, así como el desaire amoroso que sufrió de una joven de aspecto inocente pero perversas intenciones las que le empujaron a abandonar el hogar con tan sólo diecisiete años. En la carta de despedida que aún se conserva en su casa natal, hoy convertida en museo, puede leerse un conmovedor adiós. Excusen mi apresurada traducción que, seguro, no le hace justicia al elevado estilo del original.

Dejo atrás la autoridad aunque la sé guiada por un corazón recto. Dejo atrás las decepciones por no ser quien mi padre hubiera querido. Dejo atrás los horarios y las exactas descripciones. Dejo atrás las comidas a las 12:15 y los despertares a las 6:45. Dejo atrás las ocho horas y cuarenta minutos diarios en el taller. Dejo atrás el orden de las piezas y el de la vida. Y dejo atrás a la bella Katherine aunque sin darle la espalda porque cualquiera se atreve a hacerlo.

Tras una serie de vicisitudes de las que no ha quedado registro alguno, Thomas Wassermeier vino a dar a Marsella. Allí pasó una serie de años buscándose la vida por los bajos fondos y trabajando esporádicamente como estibador. De aquellos días data el surgimiento de su gran amor así como el fortuito encuentro con el misterioso hombre barbado que jamás quiso identificar y que tan crucial resultaría en su vida.

Thérese, la mujer que desde entonces siempre estuvo a su lado, era una joven meretriz que se ganaba la vida atendiendo las necesidades y deseos de los marineros que recalaban en ‘Le perroquet bleu’ un tugurio situado a escasos cincuenta metros del muelle comercial. Wassermeier describiría tiempo después la primera vez que la vió con una romántica frase que ya se ha hecho célebre.

Fue ver la luz que tanto faltaba tanto en el local como en mi vida.

De aquellos días, como he dicho, data también el crucial encuentro con el hombre barbado, uno de los episodios más oscuros de la biografía de Thomas Wassermeier. Nadie ha conseguido averiguar jamás la identidad del individuo al que Wassermeier describió como ‘de rostro severo, aspecto nórdico y con cara de haber pasado mucho frío’. Se han publicado numerosísimas teorías, las más de las veces simples especulaciones sin fundamento. Algunas de ellas son tan disparatadas como la que formuló Hans Klaus von Richter, que llegó a afirmar que se trataba nada menos que del mismísimo Jesper Henning-Olsen, que habría huído de su célebre cámara a través de un túnel secreto expresamente construido para poder desaparecer sin dejar rastro. En todo caso, parece que su verdadera identidad está condenada a permanecer en el más estricto secreto. No veo mejor manera de relatar este encuentro que transcribir literalmente la narración del mismo contenida en las ‘Crónicas de Tapihi’ del propio Wassermeier en traducción de Anastasio Méndez.

Aquel hombre de rostro severo, aspecto nórdico y con cara de haber pasado mucho frío se sentó en la mesa sin esperar a que yo asintiera. Guardó silencio durante unos minutos que parecieron horas mientras escudriñaba todo a su alrededor con inquieta mirada. Tras un dar par de tragos a su cerveza se decidió a hablar.
– No creo que me conozca y por el momento será mejor que siga sin saber quién soy.
Thérese, mi amada Thérese, recorría el local en busca de clientes y me costaba prestar la debida atención a mi interlocutor. El hombre de la barba prosiguió.
– Antes de que le cuente lo que he venido a decirle es necesario que me responda a un par de preguntas. La primera es ¿sabe usted manejar un barco?
No sé por qué le dije que sí. En aquellos días yo andaba a la caza de alguna forma de escapar de allí con Thérese y me pareció que aquel hombre misterioso podía ser la solución a nuestros problemas.
– La segunda es ¿le ata algo o alguien a este lugar?.
Casi sin pensarlo dirigí la mirada hacia Thérese. No fue un acto consciente pero el anciano comprendió rápidamente la situación.
– Ah, la jovencita –alcanzó a decir–. No debe preocuparse por ella. Déjeme contarle una historia y decida usted si quiere acompañarme. Si ella decide por voluntad propia unirse a nuestro viaje no habrá incoveniente por mi parte. Siempre es agradable la compañía de una bella mujer.
Entonces me contó su historia no sin antes hacerme jurar que jamás revelaría a nadie los detalles de la misma. Supe entonces quién era, qué le había llevado hasta allí y qué se proponía. No puedo traicionar aquí la palabra que le dí, pero baste decir que me propuso partir inmediatamente en busca de un gran secreto que cambiaría nuestras vidas para siempre.

A raíz de aquella conversación adquirieron un destartalado velero que llevaba por nombre Ghel. Sir Rupert Cholmondeley, uno de sus principales biógrafos, ha querido ver en ese nombre el acrónimo de ‘Grandeur, honnêteté, énergie, lutte’, pero no hay evidencia de que fuera realmente así. Tenía ocho metros escasos de eslora y no podía proporcionar grandes comodidades a su trío de tripulantes, pero fue suficiente para llevar a buen término uno de las viajes más apasionantes de la historia de la navegación.

Thomas Wassermeier, Thérese y el misterioso hombre barbado partieron de Marsella un 6 de junio de 1893. De sus primeras singladuras no se conoce gran detalle. Se sabe que pasaron una temporada en Cabo Verde y que hacia finales de 1894 alcanzaron a divisar la Table Mountain arribando a Ciudad del Cabo el 20 de diciembre de ese mismo año. No se habían dado mucha prisa por lo que se ve.

En Ciudad del Cabo el misterioso hombre barbado, que ya contaba ochenta años, comprendió que no le quedaban fuerzas para emprender la travesía del Índico y del Pacífico y rogó a la joven e intrépida pareja que continuara viaje sin él. En las ‘Crónicas de Tapihi’ está registrada su despedida: ‘Ya sabeis qué habeis de buscar; os insto a hacer realidad el sueño de este viejo loco que llegó del frío en pos de una liberación que ahora os corresponde; buenos vientos y mejores mares’ –les dijo. Se cree, aunque no ha habido forma de confirmarlo, que este oscuro personaje murió en Ciudad del Cabo poco después de la partida de Thomas y Thérese a principios de 1895.

Las ‘Crónicas de Tapihi’ están llenas de jugosas anécdotas que narran las peripecias de este viaje. Sin duda harán las delicias de cualquier lector por lo que les invito a disfrutarlas. Les diré aquí, resumiéndolo mucho, que, tras doblar el Cabo de Buena Esperanza, Thomas y Thérese a travesaron los dos océanos y hacia finales de 1896 se produjo un hecho crucial, el descubrimiento de Tapihi, isla principal de un recóndito atolón presidida por la majestuosa figura del inactivo volcán Farupiti y rodeada por una barrera de coral que forma una bellísima Laguna en su interior. Wassermeier creyó haber llegado al paraíso y así lo dejo escrito en su diario de navegación.

Ni del todo tierra ni del todo mar, una perla escondida en un estuche azul que promete la felicidad y devuelve la esperanza a quienes la daban por perdida.

Cierto es que Tapihi no aparece en los mapas y que ningún cartógrafo ha sido capaz de localizarla con precisión. Esto ha llevado a unos cuantos a desconfiar de la veracidad del descubrimiento y en ciertos ambientes se da por hecho, sin prueba alguna, que se trata de un fraude. Sin embargo no es menos cierto que todo aquel con suficiente empeño en alcanzar tan mítico destino lo ha conseguido. Por citar sólo dos nombres de la extensa lista de ilustres personajes que han pisado Tapihi baste nombrar a Roscoe Eames, compañero de Jack London en su viaje en el Snark y que luego traduciría al inglés algunas de las más célebres paginas de Wassermeier, o el pintor Archibald Fenster-Parrish, que buscó allí alejarse del excesivo revuelo que su obra había provocado a ambos lados del Atlántico.

Al regreso de su primer viaje a Tapihi fue cuando Wassermeier comenzó a publicar por entregas, primero en un periódico local, y después en toda la prensa alemana, las ‘Crónicas de Tapihi’ que gozaron de enorme popularidad. Tapihi se convirtió, de la noche a la mañana, en símbolo de libertad frente las alienantes acometidas del progreso y poco a poco se ganó un lugar en los corazones de todos aquellos que aun conservaban algo de la bondad primigenia que hoy parece perdida.

Thomas Wassermeier regresó a Tapihi en cinco ocasiones, la última de ellas para quedarse definitivamente. En 1910 proclamó su independencia, más formal que real toda vez que ninguna nación la reconocía como propia al no poder situarla en el mapa, y se autoproclamó Rey de Tapihi, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1940. Allí fue enterrado, en las faldas del volcán Farupiti, donde una lápida luce el epitafio que él mismo compuso y en el que muchos han querido ver el acto de reconciliación final con su padre.

Este es el verso que para mí grabarás
«Yace aquí, donde anhelaba estar
en casa el marino, de vuelta del mar
y, de vuelta de la colina, el relojero»


Anonymous Jordi dijo...

Dada la terrible curiosidad que me causó el preanuncio de este Post, este verano me he permitido indagar hechos y sucesos asociados a la Isla de Tapihi. De todos es conocida la triste desaparición del Capitán Slocum en su último viaje. Investigaciones recientes, no publicadas, a partir de una botella hallada cerca de la Antártida concluyen que el Capitán dobló el cabo Lewin en su último viaje. Recordemos que su desaparición está oficialmente ubicada alrededor de las Bermudas. Resulta entonces que la versión clásica parece no ser cierta. Debemos sospechar que Slocum inició una segunda circunnavegación hasta como mínimo el cabo Lewin. POr otra parte existe una crónica oculta de Bardiaux que describe un gravado en el que figura un rostro con perilla blanca oficiando el entierro del mismísimo Thomas Wassermeier. Señores, es muy probable que el Sr, Slocum tomara el relevo en el trono de Tapihi. Otra historia de la isla está asociada a la famosa aparente caída por la borda de Tabarly y su posterior desaparición...  


Anonymous Eduardo dijo...

Con permiso, hago notar que el viaje de Wassermeier es anterior a la circunnavegación de Slocum. Reconozco que me he callado que se conocieron, pero es que eso sería revelar más de lo que aquí se me permite.  


Blogger juanba dijo...

Lo único que yo sé es cual será mi próximo corte de pelo...

(Salgo a comprar gomina y vuelvo a seguir leyendo)

Salutes  


Blogger kundabuffer dijo...

Excelente rendicion de cuentas en honor del magnifico Thomas Wassermeier, a quien ya habia tenido la ocasion de leer. Sorpresa me causa, eso si, la mencion de Agnes Wiederhausen. Yo tenia conocimiento de una Agnes Niederhausen, enfermera del Ruhrgebiet, que habia asistido el parto del brillantisimo artista plastico Heinrich Reifferscheid, asi como del renombrado matematico Hermann Minkowski. Me llama la atencion la similaridad del nombre, asi como sus logros personales y contemporaneidad.  


Anonymous engelson dijo...

Yo solo quiero señalar mi absoluto desconocimiento de los hechos y personajes aqui reseñados; excepto Jack London, viejo amigo y conocido.  


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