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Ficcientos

Ficciones a cientos. Osadía literaria y ficcionario particular de Eduardo Allende. 

jueves, septiembre 08, 2005

Rosario - Capítulo VIII

Como creo haber dicho antes, Rosario todavía estaba allí cuando desperté. Reconozco que el bueno del Tranviario me ha desviado algo de este trasunto que aquí me traigo entre manos pero es que cuando uno ve alterado el ritmo natural de los pensamientos por algún que otro suceso inesperado las neuronas parecen irse de vacaciones, como aquel día en que se presentó en La Esquina, sin avisar y sin que nadie tuviera noticia previa de su existencia, don Antidio Gutiérrez, el hermano gemelo de don Alirio.

Lo recuerdo perfectamente por la estupefacción generalizada que el suceso produjo. Don Antidio era exactamente idéntico a don Alirio y, toda vez que éste aún no había llegado a La Esquina, bien podía habérsele confundido con él de no ser por su extraña indumentaria, francamente disímil de aquel traje al que don Alirio nos tenía acostumbrados. Vestía don Antidio una camiseta del Sporting de Gijón con el número que en su día lució un histórico del club, Quini; pantalones cortos de esos que ahora llaman ‘bermudas’ sin sospechar que Juan Bermúdez, al que deben su nombre, jamás habría vestido prenda semejante y probablemente se sienta ofendido por este frívolo uso; alpargatas de esparto, quizá el único rasgo elegante de su atuendo, y una visera publicitaria de British Petroleum que debía ser de los tiempos en que el petróleo sólo se usaba para iluminación. Tenía la mirada perdida, como si algo terrible le hubiera sucedido y todavía no lo hubiera digerido convenientemente.

El Tranviario, acompañado por Revilla, se acercó a él como si quisiera tocarle para comprobar que no era una aparición. No lo era, pero se vió interrumpido por la llegada del verdadero don Alirio que, por una vez, abandonó su tradicional costumbre de aislarse en la mesa del fondo con su cuaderno de notas y se dirigió hacia el que luego sabríamos que era su hermano. Tomándole del brazo le condujo al comedor, donde ambos se quedaron un buen rato contemplando la chillona marina de aquel extraño pintor extranjero del que le hablé. No se dirigieron la palabra en ningún momento.

Mientras tanto entre los habituales circulaba toda clase de rumores. Herminio, que a ratos veía fantasmas, se empeñó en demostrar no sé qué teorías parapsicológicas con menos fundamento que las croquetas de La Esquina. Revilla y el Tranviario apuraban nerviosamente sus farias mientras hojeaban frenéticamente el periódico como si allí estuviera la respuesta al enigma. Rosario le daba a la bayeta con más brío que de costumbre, que ya era mucho. Sólo Yoshimoto sonreía plácidamente en silencio, pero bueno, es que eso es lo que hacia a todas horas, de día y de noche, despierto o dormido.

Al cabo de una hora más o menos, don Alirio salió del comedor y nos ofreció las necesarias y deseadas explicaciones sobre la identidad de su gemelo, que todavía se pasó un buen rato, esta vez en soledad, allá en el comedor. No sería hasta una media hora después cuando don Antidio se presentó ante nosotros y pidió un vaso de agua.

– Marchando una de color no líquido –gritó don Germán y yo se la serví inmediatamente, como buen profesional que soy.

En toda la mañana don Antidio sólo bebió agua, pero en cantidades suficientes para regar las tierras de mi tío Antonio durante dos años. Poco a poco fue recuperando el ser y el habla y una vez alcanzada la tranquilidad de la parroquia, que nunca ha querido creer en la existencia de eso que los académicos llaman doppleganger, hasta se unió a la charla general.

Supimos así que su extraño aspecto se debía a un desafortunando suceso. Había sido atracado y le habían birlado todas sus pertenencias. Aquellos ropajes eran los restos que el inquilino anterior de la habitación de la pensión en que se alojaba había dejado allí olvidados. De las razones de su visita, sin embargo, jamás llegamos a saber nada. Cada vez que alguien preguntaba eso tan socorrido de ¿y qué le ha traido usted por aquí?, los dos hermanos cruzaban una mirada cómplice y cambiaban de tema.

Tampoco es que la cosa despertara grandes preocupaciones. En La Esquina estamos acostumbrados a los misterios y uno más no le quita allí el sueño a nadie. Yo mismo, por ejemplo, no tuve impedimento ninguno en quedarme dormido en extrañísimas circunstancias para luego despertar y ver que Rosario todavía estaba allí.


Blogger Aquende dijo...

Ultima frase, errata: Yo mismo.  


Blogger ana dijo...

Vaya! Como de costumbre cortas cuando más interesante se pone! A mi sí me va a quitar el sueño qué será eso que esconden don Alirio y don Antidio.  


Blogger Wallenstein77 dijo...

Hola a todos:
Eduardo justo cuando esto se pone interesante, Ulises se da cuenta que alli esta Rosario y se termina el cpitulo. Alejandro Dumas te hubiera tenido como uno de sus mejores discipulos. Seguro de eso.
Saludos a todos.  


Anonymous Eduardo dijo...

Veamos:
Corregida la errata (y otras dos más). Lo que esconden los hermanos Gutiérrez no es difícil de imaginar, pero Ulises jamás lo supo y nunca podrá saberse de su mano.  


Blogger juanba dijo...

A ver, mis impresiones:

1) Yoshimoto sonreía permanentemente, y de seguro que era una sonrisa leve, porque hubo de haber alcanzado el satori antes de llegar a "La Esquina".

2) Los hermanos se traen algo entre manos, se me hace que ilegal.

Salutes  


Blogger Wallenstein77 dijo...

Hola a todos:
Juanba creo que lo que esta pasando en realidad, es que les estan tomando el pelo a todos los parroquianos, porque en realidad el hermano es un bromista de tomo y lomo y cuenta con la colaboracion forzada de su hermano, mucho mas sosegado y tranuilo.
Saludos a todos.  


Anonymous Eduardo dijo...

Que te crees tú eso. Bromas, las justas.  


Blogger Wallenstein77 dijo...

Buenas Eduardo:
Entonces supongo que Juanba tendra razon y ser traeran entre manos algo misterior.
Saludos a todos.  


Blogger chin dijo...

Veo que no hay nada nuevo.
Esperaremos.  


Blogger ana dijo...

Sigo esperando con esa paciencia de la que carezco.  


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